Habana Abierta puso de moda entre sus muchos seguidores dentro de Cuba y el mundo esta frase, con la que empiezo mi post, insertada dentro de un pegajoso estribillo en una de las canciones más populares de su irreverente discografía.
A los cinéfilos la comparación nos vino como anillo al dedo y a mí en lo particular.
A la altura de mis primeros 30 años, justo cuando llega el momento del recuento, de la autocrítica, con un poco de autocompación, el ajuste de cuentas con lo vivido y la incertidumbre del mañana, creo haber comprendido que sin quererlo aquella melodía tarareada en la tímida rebeldía universitaria me hace hoy sonreir de la mano de una reflexión no del todo mía. (No del todo, porque en nuestras certezas hay demasiada influencia ajena pero, como siempre digo, vale más la idea que nada.)
No hay mejor película que tu vida:
planos secuencia que de tan largos y monótonos parecen no acabar, música insidental para los momentos precisos e inolvidables, actores y actrices que te roban el alma, extras que quedan en el olvido de créditos interminables, producciones de ensueño materializadas con sudor y sangre, el llanto estrepitoso, el error de dirección de arte en la escena más simple, la sonrisa en el rostro del espectador amado.
Ante ésto y más no nos quedan muchas opciones para navegar con suerte hasta el fin. O te sientas a verla proyectarse ante ti o vives cada minuto del rodaje sin importar carencias y tropiezos. Sin reparar en absurdos egos, en frivolidades ajenas, sin atarte a la estatura de nadie.
A punto casi de comenzar la treintena de mi existencia continuo rodando ese divino guión que alguien pusiera en mis manos. Un filme en el cual tengo sólo una certeza:
Hago los cortes donde me parezca porque esta producción es pobre e independiente.
lunes, 10 de agosto de 2015
martes, 5 de mayo de 2015
Unos segundos que hacen la diferencia... qué estrés!
| Reloj Cucú más grande del mundo, Eble Uhren-Park, Alemania |
Y sales con pocas ganas y pocos minutos para alcanzar el bus. Pero como los relojes suizos, la naturaleza y las líneas del bus tienen más caracter que tú, no alcanzas la ruta y a las 7:51 pasa ante ti diciéndote adiós.
Y tú, detenida en medio de la calle viendo como la guagua se aleja. Sin correr, sin gritar, sólo abrumada por la milimétrica puntualidad de todo y con la certeza de que hoy no era el día.
Quedas en medio de la calle, con el cuerpo sudando una ligera febrícola y desde las montañas, como si no fuera sufiente, unas fuertes ráfagas de viento te estrujaban y te jalan.
Y tu allí sin correr, sin remordimientos dices: "Si no es hoy, será mañana."
Un pensamiento normal para los nacidos en Cuba pero ilógico para los que habitan esta parte eficiente de la vieja europa. Y es que ser impuntual nos lo enseñaron desde pequeños. No estaba en los libros de textos de la escuela pero ni falta que hacía. Hay cosas que se aprenden muy fácil. Sobre todo las que se intuyen. Funcionamos como funciona el sistema.
Y cuando llegas a un lugar como éste, con la mejor tradición alemana, suiza y austríaca, entonces te das cuenta que habrías llegado tarde hasta tu propio entierro y que ante estas nuevas miradas eres un caos perdido en medio de éso que llaman tiempo.
Pero hasta que la guagua o el tren no te dejan, hasta entonces, no piensas que es grave. Incluso cuando ésto sucede, no le das demasiada importancia.
Ahí, dicen por aquí, "sabemos que es crónica tu enfermedad."
Y yo les explico que no estoy enferma. Les hago un poco de historia, les atormento con ejemplos peores. Y ellos me miran asustados. Parece que mientras más hablo más cerca estoy de terapia intensiva.
Les digo que no sólo soy yo, que es una cuestión cultural. Hecho mano a los conceptos de idiosincracia y tradición. Ahora si abren los ojos y comienzan a sudar mis interlocutores. Ya los creo ver tejiendo un proyecto de ayuda y solidaridad con el pueblo cubano para ayudarle a erradicar ése mal de raíz.
Y yo trato de sonreir y bromear. Ellos están muy serios, muy preocupados.
Yo me siento ahora culpable. Trato de suavizar la situación. Pero ya no hay vuelta atrás. Estamos en la negra lista de los impuntuales, que es como decir de los terroristas del tiempo y la eficiencia.
No pueden ni siquiera imaginar que su programa del mes, que sus horarios y los de las instituciones y personas que le rodean lleguen a quebrarse y deban entonces echar mano a la capacidad de reorientar su vida en sólo unos segundos.
Éso, les digo, los cubanos lo sabemos hacer de manera inconsciente.
Aún así. Ellos ya no pueden regresar del estrés causado por mis ejemplos. Así que recojo mis argumentos y me retiro "a tiempo".
Les dejo con sus preocupaciones.
Me voy aún sin entender.
¿Y si no hace tanto daño ir más lento en la vida?
Recuerdo cuando estaba en la calle esta mañana.
Regreso al punto cero.
Y no me siento mal. No tengo remordimientos, ni estrés. Respiro. Y sigo adelante con este nuevo día, de actividades inesperadas, sin programar, sin horarios.
jueves, 19 de febrero de 2015
Caballo de Troya

Cuba necesita cambios radicales y reales, eso nadie lo duda. No se habla de otra cosa desde que tengo uso de razón. Los que creían a ciegas en la doctrina comunista han ido empacando poco a poco en el baúl de los recuerdos sus carnets y diplomas. Se han dado cuenta que el mérito y el sacrificio personal son abucheados en cada esquina. Han ido acumulando desilusiones y esperas por demasiado tiempo.
Pero, reímos y hasta gastamos bromas de éste y otros temas cruciales. Porque así somos los cubanos. Estamos dejando para luego el cambio.
Pero resulta que mientras nosotros estamos dormidos en los laureles y seguimos lidiando con las limitaciones y demás problemas, haciendo malabares dignos del mejor acróbata, un caballo de Troya arriba a las costas cubanas.
El caballo, procedente de los Estados Unidos se anuncia henchido de prosperidades y libertades pero en realidad, nadie calcula cuál será su carga.
Y que conste que no vengo a hacerme la Casandra ni nada por el estilo, pero reniego del neón de ese caballo. No quiero a Cuba rendida a los pies del majestuoso equino seducida porque él tiene todo lo que, aparentemente, nos falta.
Nadie salvó a los troyanos de aquella sangrienta noche ni siquiera la promesa de los dioses. Sólo ellos podían decidir sin dejaban entrar en la ciudad el amuleto divino en forma de caballo y al hacerlo firmaron su sentencia de muerte.
Por eso me niego a creer que el futuro próspero e independiente de Cuba venga de la mano de cualquier amigo poderoso y que nosotros, con tanta facilidad, sucumbamos ante la tentación que nos sirven los gobiernos.

Ojalá no repitamos la triste historia de la bella Troya.
sábado, 24 de enero de 2015
Sueño de una noche de invierno
¿Y por qué ahora todo gira entorno a las dichosas conversaciones
entre Cuba y los Estados Unidos?
Es como si el diálogo y el futuro estuvieran condicionados a los famosos vecinos del norte y lo demás fuera intranscedente.
Lógico que las actuales intenciones de relaciones oficiales entre La habana y Washington ocupan titulares bien merecidos y desde ya clasifican como histórico suceso pero, ¿no se nos quedan asuntos más importantes por poner sobre la mesa?
Si de previsiones futuras sobre el destino de los cubanos se trata el asunto toma dimensiones más complejas y menos transitorias.
En primer lugar hay que despojarse de conceptos obsoletos, de intereses personales, materiales, de resentimientos añejos. Dejar de lado las campañas que establecen bandos pujantes por el poder y situar en la prioridad anhelos y aspiraciones comunes construidas sobre la base de la conciencia colectiva que hoy no es más la misma de hace 57 años: éstas son prioridades.
Si tanto nos preocupara a todos el futuro de la nación cubana guardaríamos el imperante deseo de posesión y nos centraríamos en la construcción del bienestar duradero, real y común que no tiene filiación política.
Y hoy, sin despojar a los diálogos EE.UU – Cuba de la trascendencia que poseen imagino, sueño con poner al fin sobre la mesa temas más acusiosos y menos ajenos. Temas propios de la Cuba de ayer, de hoy y mañana que sigue siendo la misma.
Como dijo una vez alguien muy sabio y profundamente modesto que siempre recuerdo: „nadie sabe más de la olla que la cuchara que menea su sopa. „
Y como tengo sueños así de raros... siempre los comparto con ustedes, por si se cumplen.
Es como si el diálogo y el futuro estuvieran condicionados a los famosos vecinos del norte y lo demás fuera intranscedente.
Lógico que las actuales intenciones de relaciones oficiales entre La habana y Washington ocupan titulares bien merecidos y desde ya clasifican como histórico suceso pero, ¿no se nos quedan asuntos más importantes por poner sobre la mesa?
Si de previsiones futuras sobre el destino de los cubanos se trata el asunto toma dimensiones más complejas y menos transitorias.
En primer lugar hay que despojarse de conceptos obsoletos, de intereses personales, materiales, de resentimientos añejos. Dejar de lado las campañas que establecen bandos pujantes por el poder y situar en la prioridad anhelos y aspiraciones comunes construidas sobre la base de la conciencia colectiva que hoy no es más la misma de hace 57 años: éstas son prioridades.
Si tanto nos preocupara a todos el futuro de la nación cubana guardaríamos el imperante deseo de posesión y nos centraríamos en la construcción del bienestar duradero, real y común que no tiene filiación política.
Y hoy, sin despojar a los diálogos EE.UU – Cuba de la trascendencia que poseen imagino, sueño con poner al fin sobre la mesa temas más acusiosos y menos ajenos. Temas propios de la Cuba de ayer, de hoy y mañana que sigue siendo la misma.
Como dijo una vez alguien muy sabio y profundamente modesto que siempre recuerdo: „nadie sabe más de la olla que la cuchara que menea su sopa. „
Y como tengo sueños así de raros... siempre los comparto con ustedes, por si se cumplen.
martes, 28 de octubre de 2014
Ellos tienen que aprender que vivir sin guerra es posible.
Ellos
tienen que aprender que vivir sin guerra es posible,
dijo y yo escuchaba atentamente como una niña captando las primeras
palabras que le enseñan. Con la mirada serena retó mi atención y
cerraba el diálogo con esta frase que hasta hoy recuerdo claramente.
Era tajante su convicción de quien ha visto llover frente a si las
bombas y se ha sacudido ante la muerte de amigos, familiares, niños.
Mahmut ya pasa los 40 años y
contagia a quien lo escucha con la pasión de su inglés extrañamente
acentuado y con su posición firme contra la guerra.
Lo he conocido en la noche fría
del otoño alemán. Compartimos la misma mesa, el mismo placer por la
cerveza y por la paz.
En las presentaciones descubrimos
que nos unía la historia. El era libio, yo cubana.
Ahí se inició la conversación.
Sabes, dijo, los niños libios
ya no se asustan con las bombas. Un adultos salta cuando escucha una
detonación, los niños no. Me atrevo a pensar que están tan
acostumbrados al sonido que ya no se estremecen.
Qué triste, dije para mí,
y el pareció descubrir mi pensamiento y afirmó:
Es sumamente triste que nos
suceda esto.Y a mí se me apretó
el pecho.
La guerra, siempre lo he sabido,
causa daños irreparables. Tras ella sólo hay nada. Pero vivir y
acostumbrarse a ella es quizás la más cruel devastación que pueda
sufrir el ser humano.
Las historias de Mahmut eran
suficientes para entender, para comprender que cada día los
políticos abren heridas en nosotros que no zajan jamás, sólo por
la fútil diversión del poder.
Yo estoy llevando adelante una
empresa de confección de componentes de plástico para diferentes
equipos. Sueño con poder mostrarle a los jóvenes de mi país, de mi
ciudad que es posible vivir sin guerra, que es posible tener un
futuro y que la guerra no puede ser nunca la opción.
Yo terminé mis preguntas.
Descubrí que vivía en la tristemente famosa ciudad de Misrata y que
durante los bombardeos corre a la casa de su madre y busca refugio en
sus faldas como un niño.
Hoy, siguiendo las noticias que
nos ofrecen los medios occidentales sobre la situación en Libia temo
por los sueños de Mahmut y porque se haga crónica la extraña
costumbre de los niños libios.
lunes, 6 de enero de 2014
- La decisión de Tía Mary
Mi primer entrada en este espacio para el nuevo año se la dedico a una persona especial a la que conocí en los últimos días del 2013.
El
sueño de Tía Mary fue siempre el mismo. O al menos así lo confiesa hoy, a sus
100 años, postrada ya en una silla de ruedas en el enorme recinto de Santovenia.
Dedicar su vida a Dios y al servicio de su prójimo, tal como establecen las
sagradas escrituras, ésa, dice, fue siempre su ilusión.
Pero
Mary está aferrada hoy a recuerdos o tretas de su longeva mente donde abundan
los perros, los dientes, la fuerza militar. Enlaza anécdotas cotidianas con
rezagos añejos que, definitivamente marcaron su vida. Habla de los presentes y
de los que no están. Le teme a las noticias de las ausencias y las muertes por
tal motivo para ella todos siguen vivos.
Conocerla fue lo más conmovedor y triste que
me ha ocurrido. Olvidé las angustias personales, los anhelos, las ambiciones
porque allí ya no hay vuelta atrás, ya la vida se va acabando y el remedio es
estar.
Mary
decidió vivir y terminar sus días así. Yo decidí no dejarla sola, nunca más.
lunes, 29 de julio de 2013
Crónica de un afición no tan perdida
Los domingos
siempre han sido para mí, días singularmente especiales, quizás porque devienen
momentos para el descanso, el esparcimiento y la convivencia en familia. Pero,
las jornadas dominicales de la etapa estival deparan sorpresas para los que
vivimos rodeados de numerosos niños, algunas, debo confesarlo, pueden llegar
hasta proporciones problemáticas.
Juegos de
fútbol, de béisbol, carreras, escondites y los polémicos PlayStation ocupan por
estos días a los infantes de mi barrio sin distinción de edades ni sexos. Sudorosos
se les ve andar en pandillas, grupos y tomarse sólo un descanso para ingerir
algún alimento. Todo un derroche de energía a pesar del intenso calor
veraniego.
Pero Alejandro y
su “inseparable socio de negocios” Adrian andan bajo el sol muy misteriosos.
Sin temores
llegaron a mi casa y con una sonrisa esbozada en los labios preguntaron si
podríamos ayudarles con su nueva colección. Para no perder el suspenso abrieron
una pequeña caja y dejaron entrever no pocas monedas de colores, formas y
tamaños diversos.
La singular
pregunta produjo instantáneamente una complicidad entre los pequeños
aficionados y esta familia siempre abierta a impulsar sanas actitudes y
pasiones.
En unos minutos
la mesa familiar se convirtió en el
espacio ideal para las negociaciones. Mi hermana (aficionada desde niña a estas
piezas metálicas) y los pequeños visitantes se habían adentrado en la
emocionante aventura de descubrir nuevos y valiosos objetos para sus respectivas
colecciones. Pero, como todo buen coleccionista, ninguno se quería separar de
las piezas más preciadas.
Poco a poco
fueron cediendo terrenos. Los noveles practicantes desplegaron toda clase de
mecanismos y estrategias para convencer a la sentimental contrapartida de
intercambiar o entregar algo de su inestimable tesoro. Monedas de Yemen, China,
Bélgica y varias de la vasta historia cubana cambiaron de dueño en sólo unos
instantes.
Así, encontrando
también otros sueños comunes, vinculados
al mundo del arte, concluyeron satisfechos la jornada de intercambios. Un
apretón de manos dejó sellado el encuentro y abrió las puertas de nuestra
morada a unos amigos muy especiales.
Alejandro y
Adrian nos desconcertaron y fueron el centro de nuestras conversaciones todo el
día. En primer lugar por su educación y
respeto, además porque ya creíamos perdido, entre los más jóvenes, un pasatiempo que en generaciones
pasadas tuvo numerosos seguidores.
Así que si usted
les ve o si llegan, amablemente, hasta su casa una mañana de domingo, no dude
en abrirles la puerta y su corazón. Ellos se lo agradecerán y la numismática
también.
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