Ya corre el 2016 y lleva con él mi impaciencia, mi ansiedad; ésas que no he aprendido a controlar y me apremian a cada instante.
...
Un año que se ha alargado desde el 2015 como un gran puente elástico que no permite ser cortado sino que se estira prolongando el camino iniciado, dándome otra oportunidad de aprender a vivirlo.
...
Mi paso sigue apurado y en el pecho yacen remolinos de sueños y temores, capaces de descifrarme mi esencia si estoy dispuesta a acogerla.
...
Caigo por momentos en la trampa de hacer un resumen pero me niego y sigo descolocada, renegando de esas listas tristes y falsas.
...
2016, sigo en ti con mis amores, mis angeles y mis compañeros de siempre.
martes, 5 de enero de 2016
sábado, 2 de enero de 2016
Lo difícil
Lo difícil de encontrar el equilibrio entre la omnipotencia del mercado y el absoluto poderío del estado ( llamado demágogicamente poder del pueblo ) radica en la naturaleza humana propensa siempre a la insatisfacción y al gozo en el poder.
Si no corriéramos el riesgo de corrompernos ante la posibilidad real de tener, quizás construir ese sistema ideal dejara de ser utopía para convertirse en realidad.
So pena de parecer pesimista, no encuentro hoy una posbilidad real en ninguno de los sistemas conocidos. Incluso, miro con recelo la ya portentosa publicidad de las llamadas alternativas en cualquiera de sus formas. Todas van lastradas de esa insoportable insolencia, mayormente solapada en contra-discursos, de quien se cree dueño de una verdad.
Prefiero entonces estar en medio de ese cosmos nuestro y no dejarme llevar por las filiaciones, cuya naturaleza exclusiva frente a los disidentes y diferentes ha sido harto probada; y vivir con la conciencia y el sentimiento como brújulas.
Si no corriéramos el riesgo de corrompernos ante la posibilidad real de tener, quizás construir ese sistema ideal dejara de ser utopía para convertirse en realidad.
So pena de parecer pesimista, no encuentro hoy una posbilidad real en ninguno de los sistemas conocidos. Incluso, miro con recelo la ya portentosa publicidad de las llamadas alternativas en cualquiera de sus formas. Todas van lastradas de esa insoportable insolencia, mayormente solapada en contra-discursos, de quien se cree dueño de una verdad.
Prefiero entonces estar en medio de ese cosmos nuestro y no dejarme llevar por las filiaciones, cuya naturaleza exclusiva frente a los disidentes y diferentes ha sido harto probada; y vivir con la conciencia y el sentimiento como brújulas.
martes, 17 de noviembre de 2015
Tonito
- „Ésta
es la última galleta Tonito“,
- „Pero
mami, tengo hambre todavía“
- „Lo
sé mijo, lo sé, toma un poco de agua y más tarde veremos que
puedes comer.“
Tonito
mastica despacio el último pedazo de la galleta, tratando de retener
el sabor porque presiente que su madre no tiene muy claro qué y
cuándo volverán a probar algún alimento. Coge el litro de agua y
camina en dirección a la orilla. Se sienta debajo de un árbol que
parece de mangos. Mira las ramas una y otra vez en busca de los
frutos pero sólo están las ojas verdes y amarillentas. A su
alrededor están unas mujeres acostadas sobre unos abrigos, con la
ropa sucia y sudorosa. Una de ellas tiene un teléfono en la mano y
parece sollozar viendo algo en la pantalla. Tonito imagina que son
fotos.
Su
madre se ha alejado y conversa en la carretera con unos hombres, los
mismos que ayer cargaron en hombros a Tonito durante una parte del
recorrido. Los hombres gesticulan y señalan algo en dirección al
sitio donde están los guardias.
A
Tonito le gustaban sus armas. Armas de verdad, no como las del
playstation. Hoy ya no está tan seguro de que vuelva a jugar alguna
vez a tener una en sus manos. Ayer, cuando se tropezaron con la
alambrada que cierra el paso a todos los que vienen junto a él, y
luego de horas esperando alli, los guardias comenzaron a disparar.
Todo el mundo corría como locos, alejándose de los guardias que
apuntaban a la muchedumbre. Su madre lo cargó en brazos y corrió
lejos cubriendole la cabeza. Tonito se apretaba de su cuello y miraba
de frente a esos hombres, uniformados que parecían enojados y
dispuestos a matarlos con aquellas armas grandes y verdaderas.
Por
primera vez escuchaba disparos de verdad y fueron tan fuertes que
casi lo dejaron sordo. Todo se convirtió de repente en un verdadero
caos. El humo los cubría a todos. Él imaginó que estaban en la
guerra, en una de verdad, no cómo en esas que ve en las películas
de la televisión. Se preguntaba qué habían hecho de malo para que
los guardias quisieran matarlos. No entendía nada. Sólo estaba
seguro de una cosa: las armas y los guardias ya no le gustaban más.
Tonito
se tira sobre la hierba y mira al cielo, es noviembre pero la mañana
es calurosa aún. En unos días tendría su prueba de matemáticas y
luego el partido de fútbol con los niños de su aula. Se luciría
esta vez porque allí debe , estar Carla, la de 5to A. A ella le
gusta el fútbol y le gusta verme jugar, pensó. Pero algo le decía
que iba a faltar a esas y otras actividades en los próximos días.
En
la calle seguía su madre. Ahora hablaba por teléfono. Está agitada
y gesticula mucho al hablar, en uno de sus movimientos se giró hacia
Tonito y desde allá le hizo una seña con un ojo.
Tonito
sonrió.
Sabía
que mientras estuviera su madre nada malo le podría pasar.
NOTA:
Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia.
Martirio
„Y
todos somos desde la infinidad seres infinitos“ se dijo para sí,
recordando en ese momento aquella frase de la Teoría del Todo
enarbolada por Tqquun y no sabía por qué, pero ahora venía a su
mente. Quizás porque cosas como éstas te asaltan cuando ya no
tienes más energía para llorar, para caer y entonces buscas asidero
en recuerdos o en textos que te hagan volver de la oscuridad de la
nada.
Así estaba, con el
teléfono justo al alcance de la mano, dudando entre llamar,
escribir, apagarlo.
Al final revisó una
y otra vez los últimos mensajes, repasó la conversación desde el
principio, en una especie de búsqueda hipertextual. Retando a las
palabras a decir lo que antes no fue dicho, lo que no fue explicado,
lo que quedó inconcluso, reprimido.
Pero nada. No hay
nada allí en las fría pantalla del telefono celular.
Nada más que
oraciones, incompletas por la premura de hacer volar lo escrito como
el diálogo verbal.
La explicación no
estaba allí. Eso lo sabía bien pero insistía en saciar su ansioso
dolor con alguna hipótesis, cierta o no.
Movía el dedo de
arriba a abajo sobre la placa transparente. No llegaban nuevos
mensajes. No había nueva información que procesar o a la cual
responder, o de la cual defenderse. Sí, defenderse de aquella oleada
de censura sentimental, de aquel huracán de críticas sin fundamento
al que asistió sin poder salvarse, sin poder encontrar la tabla, ésa
de la que hablan en historia de naufragio y desolación.
Ya
había pasado una hora exacta.
El
teléfono con su hora instalada y actualizada de forma automática
jugaba a ser juez y verdugo del deceso.
Evitaba mirarlo,
dando la espalda a la agitada carrera del tiempo.
No hay forma de caer
y recuperarse en tan poco tiempo, se compadecía y seguía
encontrando excusas en la mente para no levantarse y saltar de la
cama en busca de alguna otra actividad. Pero no era fácil desatarse
de la melancolía atada a la cabeza y desanudarse en nudo que aprieta
el pecho cuando no entiendes, cuando sólo sientes cercano el fin.
¿Quizás el fin no
es tan malo?!
Sólo que entonces no
lo sabes. Y estás en la cama tratando de levantarte a tiempo, antes
que sea demasiado tarde y hayan pasado todas las opciones de
salvación para tu alma.
Pero no puedes.
Y sin tan sólo se
borrara todo, sería más fácil recomponerse. Pero no, las palabras
no quieren irse de su cabeza y golpean como garrote las sienes. Así
como las miradas, ésas que no puedes sacar de la piel y rasgan con
un filo frío y eterno.
Suena, de momento, el
teléfono.
Un escalofrío le
arquea el cuerpo y juguetea dentro del estómago.
Duda
en mirar.
Lo hace.
Es la alarma:
20.00,
han pasado dos horas
desde que se fue.
martes, 6 de octubre de 2015
Érase una vez un deshollinador...
Mi mala memoria no puede precisar los títulos o las veces en las que escuché cuentos que incluían a un extraño personaje: el deshollinador.
Los infantes cubanos ajenos a ese oficio preguntábamos que hacía alguien cuyo nombre, ya por si mismo, era complicado para nuestro vocabulario habitual.
Y maestras o padres recurrían a su imaginación y a la mínima información que poseían y explicaban en pocas palabras la labor de limpieza de chimeneas.
Creo que esas historias llegaban a la isla gracias a la relaciones fraternales con los países europeos del bloque comunista creando en inocentes imaginarios, como el mío, toda clase de rostros y aventuras para ese deshollinador que probablemente llegara a las casas en las frías noches de invierno, nieve incluída, para ayudar a las personas con sus chimeneas.
Y hasta hoy he tenido esa imagen en la cabeza.
Un anciano, vestido de negro, armado de un escobillón, caminando de casa en casa, quizás en busca también de abrigo.
Y como la vida de muchas vueltas y muchos somos los que hacemos vida en Europa, hoy esperaba yo la visita anunciada de un deshollinador (der Kaminkehrer) en casa.
Cámara en mano le esperaba para dejar constancia de mi encuentro con el mítico personaje que según supe sólo viene una vez al año. La primera sorpresa fue que no venía caminando sino, claro en siglo xxi, en un moderno auto.
Es extraño cómo esperamos, incoscientemente, que ciertas situaciones sean idénticas a cómo siempre la imaginamos. Algo así me pasa con las poco logradas versiones fílmicas de algunos textos literarios. Pero bueno ese es otro tema.
En mi balcón esperaba ver salir del carro al viejito de mis historias infantiles pero hoy, luego lo sabría, era un día de muchas sospresas.
Al abrirse la portezuela del vehíhulo salió una joven mujer, vestida cómodamente con pantalones y camiseta negros. Sus cabellos teñidos de lila llamaron mi atención hasta que se dirigió a la casa con donaire empujando un aparato parecido a una aspiradora doméstica.
Hallo! Guten Morgen! - dijo sonriendo.
Yo tardé unos segundos en salir de mi asombro. Ella pensó que no había entendido y repitió el saludo con amable lentitud.
Fue entonces cuando reaccioné y luego de las presentaciones y los repetidos saludos le invité a pasar.
Menos de media hora le tomó hacer su labor. Todo ese tiempo yo la miraba con esa forma infantil que tienen los turistas de admirar un hecho o persona desconocido pero no me corté pues al fin de cuentas no todos los días tienes las oportunidad de conocer al deshollinador o deshollinadora de tus cuentos.
Con la destreza de una experta dejó el negro conducto como nuevo sin dar tiempo a muchas preguntas.
Con su piel blanca manchada ahora del hollín y tendiendo una mano sellamos la visita hasta el próximo año. Yo efusiva en la despedida, ella no tanto. Y así queridos lectores deshollinaron la chimenea de nuestra casa y mi imaginación de ancianos deshollinadores del pasado.
Justo cuando recordé una parte de un trabalenguas entonado durante los años de primaria:
"... el deshollinador que lo deshollinice buen deshollinador será."
Los infantes cubanos ajenos a ese oficio preguntábamos que hacía alguien cuyo nombre, ya por si mismo, era complicado para nuestro vocabulario habitual.
Y maestras o padres recurrían a su imaginación y a la mínima información que poseían y explicaban en pocas palabras la labor de limpieza de chimeneas.
Creo que esas historias llegaban a la isla gracias a la relaciones fraternales con los países europeos del bloque comunista creando en inocentes imaginarios, como el mío, toda clase de rostros y aventuras para ese deshollinador que probablemente llegara a las casas en las frías noches de invierno, nieve incluída, para ayudar a las personas con sus chimeneas.
Y hasta hoy he tenido esa imagen en la cabeza.
Un anciano, vestido de negro, armado de un escobillón, caminando de casa en casa, quizás en busca también de abrigo.
Y como la vida de muchas vueltas y muchos somos los que hacemos vida en Europa, hoy esperaba yo la visita anunciada de un deshollinador (der Kaminkehrer) en casa.
Cámara en mano le esperaba para dejar constancia de mi encuentro con el mítico personaje que según supe sólo viene una vez al año. La primera sorpresa fue que no venía caminando sino, claro en siglo xxi, en un moderno auto.
Es extraño cómo esperamos, incoscientemente, que ciertas situaciones sean idénticas a cómo siempre la imaginamos. Algo así me pasa con las poco logradas versiones fílmicas de algunos textos literarios. Pero bueno ese es otro tema.
En mi balcón esperaba ver salir del carro al viejito de mis historias infantiles pero hoy, luego lo sabría, era un día de muchas sospresas.
Al abrirse la portezuela del vehíhulo salió una joven mujer, vestida cómodamente con pantalones y camiseta negros. Sus cabellos teñidos de lila llamaron mi atención hasta que se dirigió a la casa con donaire empujando un aparato parecido a una aspiradora doméstica.
Hallo! Guten Morgen! - dijo sonriendo.
Yo tardé unos segundos en salir de mi asombro. Ella pensó que no había entendido y repitió el saludo con amable lentitud.
Fue entonces cuando reaccioné y luego de las presentaciones y los repetidos saludos le invité a pasar.
Menos de media hora le tomó hacer su labor. Todo ese tiempo yo la miraba con esa forma infantil que tienen los turistas de admirar un hecho o persona desconocido pero no me corté pues al fin de cuentas no todos los días tienes las oportunidad de conocer al deshollinador o deshollinadora de tus cuentos.
Con la destreza de una experta dejó el negro conducto como nuevo sin dar tiempo a muchas preguntas.
Con su piel blanca manchada ahora del hollín y tendiendo una mano sellamos la visita hasta el próximo año. Yo efusiva en la despedida, ella no tanto. Y así queridos lectores deshollinaron la chimenea de nuestra casa y mi imaginación de ancianos deshollinadores del pasado.
Justo cuando recordé una parte de un trabalenguas entonado durante los años de primaria:
"... el deshollinador que lo deshollinice buen deshollinador será."
lunes, 10 de agosto de 2015
"La vida es un divino guión... lalala"
Habana Abierta puso de moda entre sus muchos seguidores dentro de Cuba y el mundo esta frase, con la que empiezo mi post, insertada dentro de un pegajoso estribillo en una de las canciones más populares de su irreverente discografía.
A los cinéfilos la comparación nos vino como anillo al dedo y a mí en lo particular.
A la altura de mis primeros 30 años, justo cuando llega el momento del recuento, de la autocrítica, con un poco de autocompación, el ajuste de cuentas con lo vivido y la incertidumbre del mañana, creo haber comprendido que sin quererlo aquella melodía tarareada en la tímida rebeldía universitaria me hace hoy sonreir de la mano de una reflexión no del todo mía. (No del todo, porque en nuestras certezas hay demasiada influencia ajena pero, como siempre digo, vale más la idea que nada.)
No hay mejor película que tu vida:
planos secuencia que de tan largos y monótonos parecen no acabar, música insidental para los momentos precisos e inolvidables, actores y actrices que te roban el alma, extras que quedan en el olvido de créditos interminables, producciones de ensueño materializadas con sudor y sangre, el llanto estrepitoso, el error de dirección de arte en la escena más simple, la sonrisa en el rostro del espectador amado.
Ante ésto y más no nos quedan muchas opciones para navegar con suerte hasta el fin. O te sientas a verla proyectarse ante ti o vives cada minuto del rodaje sin importar carencias y tropiezos. Sin reparar en absurdos egos, en frivolidades ajenas, sin atarte a la estatura de nadie.
A punto casi de comenzar la treintena de mi existencia continuo rodando ese divino guión que alguien pusiera en mis manos. Un filme en el cual tengo sólo una certeza:
Hago los cortes donde me parezca porque esta producción es pobre e independiente.
A los cinéfilos la comparación nos vino como anillo al dedo y a mí en lo particular.
A la altura de mis primeros 30 años, justo cuando llega el momento del recuento, de la autocrítica, con un poco de autocompación, el ajuste de cuentas con lo vivido y la incertidumbre del mañana, creo haber comprendido que sin quererlo aquella melodía tarareada en la tímida rebeldía universitaria me hace hoy sonreir de la mano de una reflexión no del todo mía. (No del todo, porque en nuestras certezas hay demasiada influencia ajena pero, como siempre digo, vale más la idea que nada.)
No hay mejor película que tu vida:
planos secuencia que de tan largos y monótonos parecen no acabar, música insidental para los momentos precisos e inolvidables, actores y actrices que te roban el alma, extras que quedan en el olvido de créditos interminables, producciones de ensueño materializadas con sudor y sangre, el llanto estrepitoso, el error de dirección de arte en la escena más simple, la sonrisa en el rostro del espectador amado.
Ante ésto y más no nos quedan muchas opciones para navegar con suerte hasta el fin. O te sientas a verla proyectarse ante ti o vives cada minuto del rodaje sin importar carencias y tropiezos. Sin reparar en absurdos egos, en frivolidades ajenas, sin atarte a la estatura de nadie.
A punto casi de comenzar la treintena de mi existencia continuo rodando ese divino guión que alguien pusiera en mis manos. Un filme en el cual tengo sólo una certeza:
Hago los cortes donde me parezca porque esta producción es pobre e independiente.
martes, 5 de mayo de 2015
Unos segundos que hacen la diferencia... qué estrés!
| Reloj Cucú más grande del mundo, Eble Uhren-Park, Alemania |
Y sales con pocas ganas y pocos minutos para alcanzar el bus. Pero como los relojes suizos, la naturaleza y las líneas del bus tienen más caracter que tú, no alcanzas la ruta y a las 7:51 pasa ante ti diciéndote adiós.
Y tú, detenida en medio de la calle viendo como la guagua se aleja. Sin correr, sin gritar, sólo abrumada por la milimétrica puntualidad de todo y con la certeza de que hoy no era el día.
Quedas en medio de la calle, con el cuerpo sudando una ligera febrícola y desde las montañas, como si no fuera sufiente, unas fuertes ráfagas de viento te estrujaban y te jalan.
Y tu allí sin correr, sin remordimientos dices: "Si no es hoy, será mañana."
Un pensamiento normal para los nacidos en Cuba pero ilógico para los que habitan esta parte eficiente de la vieja europa. Y es que ser impuntual nos lo enseñaron desde pequeños. No estaba en los libros de textos de la escuela pero ni falta que hacía. Hay cosas que se aprenden muy fácil. Sobre todo las que se intuyen. Funcionamos como funciona el sistema.
Y cuando llegas a un lugar como éste, con la mejor tradición alemana, suiza y austríaca, entonces te das cuenta que habrías llegado tarde hasta tu propio entierro y que ante estas nuevas miradas eres un caos perdido en medio de éso que llaman tiempo.
Pero hasta que la guagua o el tren no te dejan, hasta entonces, no piensas que es grave. Incluso cuando ésto sucede, no le das demasiada importancia.
Ahí, dicen por aquí, "sabemos que es crónica tu enfermedad."
Y yo les explico que no estoy enferma. Les hago un poco de historia, les atormento con ejemplos peores. Y ellos me miran asustados. Parece que mientras más hablo más cerca estoy de terapia intensiva.
Les digo que no sólo soy yo, que es una cuestión cultural. Hecho mano a los conceptos de idiosincracia y tradición. Ahora si abren los ojos y comienzan a sudar mis interlocutores. Ya los creo ver tejiendo un proyecto de ayuda y solidaridad con el pueblo cubano para ayudarle a erradicar ése mal de raíz.
Y yo trato de sonreir y bromear. Ellos están muy serios, muy preocupados.
Yo me siento ahora culpable. Trato de suavizar la situación. Pero ya no hay vuelta atrás. Estamos en la negra lista de los impuntuales, que es como decir de los terroristas del tiempo y la eficiencia.
No pueden ni siquiera imaginar que su programa del mes, que sus horarios y los de las instituciones y personas que le rodean lleguen a quebrarse y deban entonces echar mano a la capacidad de reorientar su vida en sólo unos segundos.
Éso, les digo, los cubanos lo sabemos hacer de manera inconsciente.
Aún así. Ellos ya no pueden regresar del estrés causado por mis ejemplos. Así que recojo mis argumentos y me retiro "a tiempo".
Les dejo con sus preocupaciones.
Me voy aún sin entender.
¿Y si no hace tanto daño ir más lento en la vida?
Recuerdo cuando estaba en la calle esta mañana.
Regreso al punto cero.
Y no me siento mal. No tengo remordimientos, ni estrés. Respiro. Y sigo adelante con este nuevo día, de actividades inesperadas, sin programar, sin horarios.
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