martes, 9 de febrero de 2016

Vine

Y pensando que todo terminaría al verte,
morí luego cada instante en la desesperación de no haber dicho y hecho suficiente.
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Ay ese capricho fatal de inventarme amores!
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Si alguien debe morir que muera yo entre estas dos orillas que me jalan.





lunes, 1 de febrero de 2016

Invitación

"Ser cultos es el único modo de ser libres".
Tendria yo unos 6 años cuando leí por primera vez esa frase y no fue en las clases ni en los matutinos. Estaba inscrita en una pequeña reproducción del archiconocido busto de José Martí que yacía entre las pertenencias heredadas por mi familia al instalarnos en la que fuera la casa de mis abuelos paternos y donde crecieron mis tios y mi papá.
Recuerdo que me quedaba horas mirando de frente a aquel Marti que por alguna razón compartía también nuestra casa y , por aquel entonces, sabiendo de las vicisitudes de los años 90, nos repetía con estoica serenidad "ser cultos es el único modo de ser libres". Con su peso portaba perfectamente los gruesos volúmenes de medicina y de literatura que recuerdo en el librero: una clara invitación al descubrimiento de nuevos saberes.
Mi hermana seguro no recuerda esa figura porque por aquellos años era una pequeña que a penas caminaba y gimoteaba. Pero hoy una nueva actividad que compartimos me hizo recordar esa escultura, la corta oración y mi mente estableció un extraño paralelismo con el recuerdo y los obstáculos que sorteamos hoy ( y desde hace muchos años) en Cuba para acceder a la información.
La internet, por ejemplo, es uno de esos asuntos pendientes.


martes, 5 de enero de 2016

2016

Ya corre el 2016 y lleva con él mi impaciencia, mi ansiedad; ésas que no he aprendido a controlar y me apremian a cada instante.
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Un año que se ha alargado desde el 2015 como un gran puente elástico que no permite ser cortado sino que se estira prolongando el camino iniciado, dándome otra oportunidad de aprender a vivirlo.
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Mi paso sigue apurado y en el pecho yacen remolinos de sueños y temores, capaces de descifrarme mi esencia si estoy dispuesta a acogerla.
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Caigo por momentos en la trampa de hacer un resumen pero me niego y sigo descolocada, renegando de esas listas tristes y falsas.
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2016, sigo en ti con mis amores, mis angeles y mis compañeros de siempre.



sábado, 2 de enero de 2016

Lo difícil

Lo difícil de encontrar el equilibrio entre la omnipotencia del mercado y el absoluto poderío del estado ( llamado demágogicamente poder del pueblo ) radica en la naturaleza humana propensa siempre a la insatisfacción y al gozo en el poder.
Si no corriéramos el riesgo de corrompernos ante la posibilidad real de tener, quizás construir ese sistema ideal dejara de ser utopía para convertirse en realidad.
So pena de parecer pesimista, no encuentro hoy una posbilidad real en ninguno de los sistemas conocidos. Incluso, miro con recelo la ya portentosa publicidad de las llamadas alternativas en cualquiera de sus formas. Todas van lastradas de esa insoportable insolencia, mayormente solapada en contra-discursos, de quien se cree dueño de una verdad.
Prefiero entonces estar en medio de ese cosmos nuestro y no dejarme llevar por las filiaciones, cuya naturaleza exclusiva frente a los disidentes y diferentes ha sido harto probada; y vivir con la conciencia y el sentimiento como brújulas.

martes, 17 de noviembre de 2015

Tonito

        - „Ésta es la última galleta Tonito“,
        - „Pero mami, tengo hambre todavía“ 
        - „Lo sé mijo, lo sé, toma un poco de agua y más tarde veremos que puedes comer.“
Tonito mastica despacio el último pedazo de la galleta, tratando de retener el sabor porque presiente que su madre no tiene muy claro qué y cuándo volverán a probar algún alimento. Coge el litro de agua y camina en dirección a la orilla. Se sienta debajo de un árbol que parece de mangos. Mira las ramas una y otra vez en busca de los frutos pero sólo están las ojas verdes y amarillentas. A su alrededor están unas mujeres acostadas sobre unos abrigos, con la ropa sucia y sudorosa. Una de ellas tiene un teléfono en la mano y parece sollozar viendo algo en la pantalla. Tonito imagina que son fotos.
Su madre se ha alejado y conversa en la carretera con unos hombres, los mismos que ayer cargaron en hombros a Tonito durante una parte del recorrido. Los hombres gesticulan y señalan algo en dirección al sitio donde están los guardias.
A Tonito le gustaban sus armas. Armas de verdad, no como las del playstation. Hoy ya no está tan seguro de que vuelva a jugar alguna vez a tener una en sus manos. Ayer, cuando se tropezaron con la alambrada que cierra el paso a todos los que vienen junto a él, y luego de horas esperando alli, los guardias comenzaron a disparar. Todo el mundo corría como locos, alejándose de los guardias que apuntaban a la muchedumbre. Su madre lo cargó en brazos y corrió lejos cubriendole la cabeza. Tonito se apretaba de su cuello y miraba de frente a esos hombres, uniformados que parecían enojados y dispuestos a matarlos con aquellas armas grandes y verdaderas.
Por primera vez escuchaba disparos de verdad y fueron tan fuertes que casi lo dejaron sordo. Todo se convirtió de repente en un verdadero caos. El humo los cubría a todos. Él imaginó que estaban en la guerra, en una de verdad, no cómo en esas que ve en las películas de la televisión. Se preguntaba qué habían hecho de malo para que los guardias quisieran matarlos. No entendía nada. Sólo estaba seguro de una cosa: las armas y los guardias ya no le gustaban más.
Tonito se tira sobre la hierba y mira al cielo, es noviembre pero la mañana es calurosa aún. En unos días tendría su prueba de matemáticas y luego el partido de fútbol con los niños de su aula. Se luciría esta vez porque allí debe , estar Carla, la de 5to A. A ella le gusta el fútbol y le gusta verme jugar, pensó. Pero algo le decía que iba a faltar a esas y otras actividades en los próximos días.
En la calle seguía su madre. Ahora hablaba por teléfono. Está agitada y gesticula mucho al hablar, en uno de sus movimientos se giró hacia Tonito y desde allá le hizo una seña con un ojo.
Tonito sonrió.
Sabía que mientras estuviera su madre nada malo le podría pasar.

NOTA: Cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia.


Martirio

Y todos somos desde la infinidad seres infinitos“ se dijo para sí, recordando en ese momento aquella frase de la Teoría del Todo enarbolada por Tqquun y no sabía por qué, pero ahora venía a su mente. Quizás porque cosas como éstas te asaltan cuando ya no tienes más energía para llorar, para caer y entonces buscas asidero en recuerdos o en textos que te hagan volver de la oscuridad de la nada.
Así estaba, con el teléfono justo al alcance de la mano, dudando entre llamar, escribir, apagarlo.
Al final revisó una y otra vez los últimos mensajes, repasó la conversación desde el principio, en una especie de búsqueda hipertextual. Retando a las palabras a decir lo que antes no fue dicho, lo que no fue explicado, lo que quedó inconcluso, reprimido.
Pero nada. No hay nada allí en las fría pantalla del telefono celular.
Nada más que oraciones, incompletas por la premura de hacer volar lo escrito como el diálogo verbal.
La explicación no estaba allí. Eso lo sabía bien pero insistía en saciar su ansioso dolor con alguna hipótesis, cierta o no.
Movía el dedo de arriba a abajo sobre la placa transparente. No llegaban nuevos mensajes. No había nueva información que procesar o a la cual responder, o de la cual defenderse. Sí, defenderse de aquella oleada de censura sentimental, de aquel huracán de críticas sin fundamento al que asistió sin poder salvarse, sin poder encontrar la tabla, ésa de la que hablan en historia de naufragio y desolación.
Ya había pasado una hora exacta.
El teléfono con su hora instalada y actualizada de forma automática jugaba a ser juez y verdugo del deceso.
Evitaba mirarlo, dando la espalda a la agitada carrera del tiempo.
No hay forma de caer y recuperarse en tan poco tiempo, se compadecía y seguía encontrando excusas en la mente para no levantarse y saltar de la cama en busca de alguna otra actividad. Pero no era fácil desatarse de la melancolía atada a la cabeza y desanudarse en nudo que aprieta el pecho cuando no entiendes, cuando sólo sientes cercano el fin.
¿Quizás el fin no es tan malo?!
Sólo que entonces no lo sabes. Y estás en la cama tratando de levantarte a tiempo, antes que sea demasiado tarde y hayan pasado todas las opciones de salvación para tu alma.
Pero no puedes.
Y sin tan sólo se borrara todo, sería más fácil recomponerse. Pero no, las palabras no quieren irse de su cabeza y golpean como garrote las sienes. Así como las miradas, ésas que no puedes sacar de la piel y rasgan con un filo frío y eterno.
Suena, de momento, el teléfono.
Un escalofrío le arquea el cuerpo y juguetea dentro del estómago.
Duda en mirar.
Lo hace.
Es la alarma:
20.00,
han pasado dos horas desde que se fue.



martes, 6 de octubre de 2015

Érase una vez un deshollinador...

Mi mala memoria no puede precisar los títulos o las veces en las que escuché cuentos que incluían a un extraño personaje: el deshollinador.
Los infantes cubanos ajenos a ese oficio preguntábamos que hacía alguien cuyo nombre, ya por si mismo, era complicado para nuestro vocabulario habitual.

Y maestras o padres recurrían a su imaginación y a la mínima información que poseían y explicaban en pocas palabras la labor de limpieza de chimeneas.
Creo que esas historias llegaban a la isla gracias a la relaciones fraternales con los países europeos del bloque comunista creando en inocentes imaginarios, como el mío, toda clase de rostros y aventuras para ese deshollinador que probablemente llegara a las casas en las frías noches de invierno, nieve incluída, para ayudar a las personas con sus chimeneas.
Y hasta hoy he tenido esa imagen en la cabeza.
Un anciano, vestido de negro, armado de un escobillón, caminando de casa en casa, quizás en busca también de abrigo.
Y como la vida de muchas vueltas y muchos somos los que hacemos vida en Europa, hoy esperaba yo la visita anunciada de un deshollinador (der Kaminkehrer) en casa.
Cámara en mano le esperaba para dejar constancia de mi encuentro con el mítico personaje que según supe sólo viene una vez al año. La primera sorpresa fue que no venía caminando sino, claro en siglo xxi, en un moderno auto.
Es extraño cómo esperamos, incoscientemente, que ciertas situaciones sean idénticas a cómo siempre la imaginamos. Algo así me pasa con las poco logradas versiones fílmicas de algunos textos literarios. Pero bueno ese es otro tema.
En mi balcón esperaba ver salir del carro al viejito de mis historias infantiles pero hoy, luego lo sabría, era un día de muchas sospresas.
Al abrirse la portezuela del vehíhulo salió una joven mujer, vestida cómodamente con pantalones y camiseta negros. Sus cabellos teñidos de lila llamaron mi atención  hasta que se dirigió a la casa con donaire empujando un aparato parecido a una aspiradora doméstica.
Hallo! Guten Morgen! - dijo sonriendo.
Yo tardé unos segundos en salir de mi asombro. Ella pensó que no había entendido y repitió el saludo con amable lentitud.
Fue entonces cuando reaccioné y luego de las presentaciones y los repetidos saludos le invité a pasar.
Menos de media hora le tomó hacer su labor. Todo ese tiempo yo la miraba con esa forma infantil que tienen los turistas de admirar un hecho o persona desconocido pero no me corté pues al fin de cuentas no todos los días tienes las oportunidad de conocer al deshollinador o deshollinadora de tus cuentos.
Con la destreza de una experta dejó el negro conducto como nuevo sin dar tiempo a muchas preguntas.
Con su piel blanca manchada ahora del hollín y tendiendo una mano sellamos la visita hasta el próximo año. Yo efusiva en la despedida, ella no tanto. Y así queridos lectores deshollinaron la chimenea de nuestra casa y mi imaginación de ancianos deshollinadores del pasado.
Justo cuando recordé una parte de un trabalenguas entonado durante los años de primaria:

"... el deshollinador que lo deshollinice buen deshollinador será."